Texto de Míchel Suñén
Frente al hospital de los infartos, las transfusiones y los partos, acojo noches de calor a cero grados desde el 8 de septiembre de 1957, en aquella época remota en que zaragocistas y navarros compartían coplas, ovaciones y cariño también en los partidos. Ganamos cuatro a tres, con saque de honor del alcalde, don Luis Gómez Laguna, y dos goles de Vila, uno de Wilson y otro de Murillo. Me sentí admirada, fui largamente elogiada. Y aquí estoy desde entonces, arbitrando mi existencia desde un campo de juego.
Nací mujer en esa época en que el fútbol era aún en blanco y negro. Cada tarde de domingo las señoras aguardaban en sus casas el regreso del marido, entre liberadas y cohibidas. Del resultado local solía depender el buen humor y la conversación de toda la semana…
